Capítulo 3: El esplendor de la Región de los Lagos

Era una mañana de invierno cuando me acerqué por primera vez a la majestuosa Región de los Lagos, ese rincón de Chile donde la naturaleza despliega uno de sus mejores lienzos. En el aire flotaba un aroma a tierra mojada y madera quemándose en las chimeneas de casitas lejanas cuyos muros de tejuelas de alerce guardaban historias de abrigo y calidez. Fue un preludio perfecto para el espectáculo que estaba por descubrir.

El Volcán Osorno se alzaba imponente ante mis ojos con su cúpula blanca besando el cielo como si hubiera sido esculpido por las manos de un artista celestial. Sus líneas perfectas y sus laderas cubiertas de nieve contrastaban con el verde profundo de los bosques circundantes. Desde cualquier ángulo,  parecía un guardián eterno cuya imponente presencia hacía que el tiempo se detuviera, como si el mundo entero conspirara para que pudiera absorber cada detalle de esa belleza sublime.

El azul profundo del lago Llanquihue y el color esmeralda del lago Todos los Santos reflejaban la grandeza del volcán como espejos cristalinos, multiplicando su majestuosidad. Al caminar por sus orillas, la calma de sus aguas parecía contagiarme, invitándome a detenerme y respirar profundamente. La superficie tranquila de sus aguas capturaba los colores del cielo, desde un azul vibrante hasta tonos cálidos de oro y ámbar al atardecer. Fue al borde del lago Llanquihue donde descubrí un paisaje que me dejó sin aliento: el Volcán Calbuco, aún marcado por las cicatrices de su última erupción, se erguía con una fuerza dormida, un recordatorio del poder indómito de la tierra.

Adentrándome en el Parque Nacional Vicente Pérez Rosales, me perdí entre senderos flanqueados por bosques de coigües y ulmos. Cada paso era un portal hacia lo inexplorado, donde el rugir de los Saltos del Petrohué se transformaba en una sinfonía magistral. Estas aguas que descendían con fuerza desde el lago Todos los Santos, parecían contar historias de tiempos ancestrales, de glaciares y volcanes que moldearon este paisaje inigualable.

En mi última caminata, el lago Rupanco me recibió con su serenidad infinita, reflejando en sus aguas los picos nevados del Puntiagudo y el Osorno, que parecían competir en elegancia y perfección. La región no solo ofrece paisajes de postal, también te regala momentos de introspección; en el crujir de las hojas bajo tus pies, en el canto lejano de un chucao que acompaña tus pasos y en la brisa fresca que acaricia tu rostro mientras tus sentidos levitan en estado de contemplación.

La Región de los Lagos es una experiencia sensorial y emocional que te conecta con la pureza y la fuerza de una naturaleza avasalladoramente hermosa que desafía toda descripción.

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