Capítulo 4: La magia de Chiloé

El ferry avanzaba lento, rompiendo las aguas serenas mientras la isla de Chiloé se revelaba ante mis ojos como un susurro del tiempo. Aquí, entre las nubes bajas y los paisajes verdes, el mundo parecía detenerse. Cada vez que llego a un lugar nuevo concentro mi atención en la percepción más primaria que atraviesa mi estado de conciencia. Al conectar mi cuerpo con suelo chilote sentí que estaba entrando a un lugar donde lo cotidiano se mezcla con lo místico, donde la belleza no solo se contempla, sino que se vive.
Los palafitos de Castro, pintados en colores vivos, parecían colgarse del agua, como si sus pilares de madera quisieran sostener los secretos de generaciones enteras. Más allá de la arquitectura, fueron las manos de su gente las que capturaron mi atención. Los chilotes, con su calidez y hospitalidad, me hicieron sentir como si perteneciera a esta isla desde siempre. Artesanos hábiles daban vida a lanas de oveja que ellos mismos hilan y tiñen con pigmentos naturales, creando piezas que no solo abrigan el cuerpo, sino también el alma. Cada conversación con ellos era una ventana a una forma de vida que honra lo simple y lo profundo.
Pero Chiloé guarda su magia más intensa en sus paisajes. Fue en el «Muelle del Tiempo» donde entendí que hay lugares capaces de desarticular toda percepción de la realidad. Al caminar por sus tablas de madera desgastada, el horizonte parecía caer en el acantilado del infinito. Todo se suspendió: el sonido, la respiración, incluso el peso de mis pensamientos. Por un instante, me sentí dulcemente suspendida en un sueño donde el tiempo no existía, donde cada paso me llevaba más allá del presente, hacia un lugar donde lo eterno cobra forma. Por primera en mi vida experimenté el no querer desconectarme de los brazos invisibles de un lugar que no quería atraparme sino que me invitaba a sólo existir. Cuando finalmente me alejé, lo hice con desgarro, como quien se despide de un lugar al que le regalaste un pedazo de tu corazón y de tu alma.
Algo similar me ocurrió en el «Muelle de las Almas», un sitio cargado de simbolismo y leyendas. Allí, con el viento soplando suavemente y el mar desplegando su infinita calma, sentí que la línea entre lo terrenal y lo espiritual se desdibujaba. Según la tradición, este es el lugar donde las almas de los difuntos esperan a ser recogidas por la barca del balsero Tempilkawe, un recuerdo constante de que la magia de Chiloé no solo se encuentra en sus paisajes, sino en las historias que los habitan.
La magia también fluía en cada rincón del bosque húmedo, cubierto de helechos, musgos y árboles que parecían inclinarse para proteger a quienes se aventuran en su interior. Aquí, es fácil imaginar al Trauco escondido entre las sombras, ese ser mítico que seduce y encanta con su mirada. Las leyendas de Chiloé no son solo relatos para niños; son parte del aire, del agua y de la tierra misma. Cuentan con orgullo de la Pincoya, esa figura etérea que baila sobre las aguas, otorgando abundancia a los pescadores y recordando a todos que la naturaleza es dueña de su propia magia.
Y luego está la comida. En una mesa compartida con desconocidos que rápidamente se transformaron en amigos, probé el curanto, un festín cocinado bajo tierra con piedras calientes, mariscos frescos, carnes y papas, todo cubierto de hojas de nalca. Cada bocado era una celebración de la generosidad del mar y la tierra. Los mariscos, de sabores tan intensos como los paisajes que rodean la isla, eran una caricia para el paladar, un recordatorio de que Chiloé alimenta todos los sentidos.
Bajo una lluvia persistente que nunca incomoda, los colores de la isla parecían intensificarse: el verde de los prados, el gris de los cielos y el azul profundo del mar. En cada rincón, Chiloé susurra su esencia: la mezcla perfecta de naturaleza, tradición y leyenda. Es un lugar que atrapa, un rincón del mundo donde lo terrenal y lo místico se dan la mano, y donde cada visitante deja una parte de su corazón, llevándose a cambio el eco de su magia infinita.


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